RELATO GANADOR ESPAÑA: Piensa en algo bonito, sueña con Chequia

El relato titulado "Piensa en algo bonito, sueña con Chequia", de Guillermo Portillo, resultó ganador del concurso literario convocado en España por la Oficina de Turismo de la República Checa, CzechTourism, en colaboración con el Centro Checo y el magazine online de cultura y política TheCitizen.es.

Por: Colaborador invitado

Publicado: Junio 23, 2020

Piensa en algo bonito, sueña con Chequia

Aquella llamada de teléfono cambió mi vida para siempre. Mi abuelo Milko se estaba muriendo en una habitación de hospital. Sus ochenta y nueve años ya no daban para más y aquel hombre curtido por el sol, fornido por el trabajo en las vides, acostumbrado a las diferentes labores estacionales, con un olfato tan entrenado, que diferenciaba todos y cada uno de los aromas que expedían las barricas. Aquel hombre dijo mi nombre en voz alta y mi tía Krasna no dudó un instante en marcar mi número.

Habían pasado más de tres décadas desde que salí de Mikulov para vivir mi vida lejos del lugar donde nací. Al terminar mis estudios universitarios, con veintitrés años y un título de arquitecto bajo el brazo, subí a un avión y nunca más regresé. Mi vida, la que siempre deseé vivir, no se encontraba en unos pagos de tierra pedregosa y caliza. Yo la quise vivir alejado de esos cas-cajos.

La parcela de terreno que mi abuelo había heredado de su padre y éste del suyo, lo habían convertido en prisionero de su indivisible herencia. Mi abue-lo Milko nunca salió de Mikulov. No vio mundo. Su mundo se limitó a las lomas, a las terrazas aluviales, a las tierras pardas, al Jihlava y a su pago pedregoso heredado.

Sin embargo, yo me consideraba ciudadano del mundo. Había vivido en siete países. Hablaba tres idiomas. Y no existía línea aérea que no conociese. Mis edificios se alzaban en multitud de ciudades, compitiendo en altura y complejidad técnica con los más afamados estudios de arquitectura. Mi nombre refulgía brillantemente en la profesión, como lo hacían las piedras ocres en los meses soleados, cegando la mirada serena y apacible de mi abuelo. Pero yo no quise darme cuenta. Estaba cegado por mi propia luz.

Ahora, sentado en el avión que me llevaba de regreso a mi tierra, esa tierra de cantos calizos que absorbía la humedad de los vientos y que, induda-blemente, era la idónea para dar vida a esas cepas durante decenas de años. Esa tierra que tanto amaba mi abuelo volvía a mi memoria, haciéndome recor-dar los ya lejanos años de mi infancia, en los que en multitud de ocasiones caminé sobre ella de su mano, empapándome de toda su sabiduría y ubicui-dad, pues conocía a la perfección todos los pagos, todos los atajos, todos los lagares y todas las bodegas. Había estado y se diría que podía estar, en todos y cada uno a la vez.

Mi avión aterrizo en Václav Havel, el aeropuerto de Praga, sin más inci-dencia que el cansancio producido por el jet lag de un viaje desde el otro lado del mundo, y un flamante BMW X6 me esperaba en la zona de aparcamiento de una empresa de alquiler de vehículos.

En dos horas y media la autovía D1/E65 me llevó hasta el hospital de Mikulov, donde estaba internado mi abuelo desde hacía tres días. Ya en la planta, antes de verle, solicité hablar con el médico asignado y conocer así de forma directa su estado. Tras sus detalladas explicaciones y mínimas esperan-zas, que pudiesen otorgarme la razón a la hora de exigir su traslado a un cen-tro hospitalario de mayor rango, acabé desestimando la idea que había sopesa-do durante horas, en el avión que me había traído desde Dubai.

Mi abuelo se moría y nada ni nadie podría impedirlo. Todo mi dinero no lo evitaría y su momento, al parecer, había llegado. Abrí compungido la puerta de su habitación. Mi tía Krasna se me abrazó sollozante y, aquellos ojillos arru-gados, cansados y brillantes se clavaron en mi persona desde la cama más cercana a la ventana. Me acerqué y cogí una de sus temblorosas manos. Al instante noté como apretaba la mía débilmente, pero lo suficiente como para indicarme que sabía que era yo el que, allí de pie, le miraba con ese coraje y esa rabia que te surge de dentro cuando la muerte está a tu espalda, esperan-do que te distraigas un momento para robarle el alma a la persona que más te ha querido en tu vida.

Él se hizo cargo de mí cuando con ocho años, mis padres perdieron la vida en aquel fatídico y absurdo accidente de circulación. Él me acogió, él me enseñó, él me llevó al colegio durante años, él compartió todo su saber y me hizo hombre y, ahora, me miraba con esos pequeños y gastados ojos que solo irradiaban orgullo y una inmodesta presunción, que le hacían henchirse arro-gantemente como tantas y tantas veces, cuando hablaba de mí en la barra del despacho de vinos, invitando a una ronda a sus amigos. Y allí estaba, con su menudo y fibroso cuerpo apaleado por la vida del campo, por ese sol impla-cable, por ese viento seco y adusto que soplaba día tras día, por esos cascajos desabridos y ásperos que te abrían a tajazos las yemas de los dedos, allí estaba, a punto de podar su último racimo de uvas pálava.

No hizo falta decir nada. Mi abuelo y yo nos entendíamos con la mirada. Un simple gesto, un guiño, una mueca bastaban para indicarle al otro cualquier cosa. Y él sabía perfectamente que yo había vuelto para despedirnos definitiva-mente. El abuelo Milko terminaba la faena del agostado de su vida aquel vera-no.

Al salir afligido del hospital, con el desánimo subido a mis hombros y la tristeza rellenado mis bolsillos, sentí un deseo irrefrenable de caminar descalzo por las orillas del Jihlava, como hice tantas veces de pequeño persiguiendo comadrejas, buscando martas, acosando a salamandras y tritones, avistando pájaros carpinteros negros y buitres que ascendían a los cielos, soñando ser como ellos, dueño de aquel mundo.

Mi abuelo Milko había cerrado para siempre sus diminutos ojillos de hurón, soltándome la mano que sujetaba la suya y, con su última mirada, pidiéndome que cuidase de las cepas.

Me aseguró que ellas me devolverían multiplicado por cien todo lo que yo les diese, tal y como le había sucedido a él. Caminé melancólico y pensativo un buen rato notando la arena en mis pies. Sintiendo la fría caricia del agua del Jihlava. Recordando mis triunfos, desconocidos y sin valor para ningún paisa-no, ni siquiera para mi familia que ignoraba por completo qué había hecho yo en todos estos años lejos de allí. Me sentí vacío. Como una vieja barrica gasta-da por el paso del tiempo, y que ya no va a ser usada para contener más vino y el tonelero desarma para avivar la chimenea de su casa.

Mi mundo, con todo su peso de responsabilidades, contratos, proyectos y compromisos se habían introducido en la mochila que llevaba colgada de un hombro, obligando a que las plantas de mis pies se hundiesen considerable-mente en el fango. Ese barro negro que se te pega a la piel y que al secarse, ni con agua eres capaz de quitar. Me detuve. Levanté la vista y la fijé en una nube. Un enorme buitre solitario y quizá demasiado audaz, planeaba majestuo-so en círculos sobre ambas orillas, sin decidirse en cual posarse, pues ambas le ofrecían refugio. Aquel buitre sin saberlo, me hizo ver cosas que hasta ese día habían estado ocultas y alejadas de mi origen, de mi cuna. Y creí haber tomado una decisión, que unos minutos más tarde, cambiaría el rumbo restante de una vida.

El paseo me acabó llevando a la Vinoteka Dobrý Rocník. Y en la facha-da, junto a la puerta, me encontré un cartel que anunciaba el Music Festival del circuito de Brno. Allí aparecía como cabecera del espectáculo, el grupo musical que acaudillaba mi hijo. Marik tocaba la batería desde pequeño. Y siempre fue un rebelde sin causa desde que su madre y yo nos divorciamos.

Lo llevó mal y, evidentemente, eligió siempre mal camino. Imagino que para hacerme todo el daño que le permitiese su elección. Llegado el momento, nos separamos. Yo seguí con mi vida acelerada y ligera de equipaje y él…, él no quiso saber más de mí, entrando en la debacle de la droga, el dinero fácil, el alcohol y la farándula. Y ahora se encontraba a escasos cuarenta y cuatro kilómetros al norte de una localidad que ni sabía que existía.

Mirando el cartel, recordé su nacimiento en Los Ángeles, en la California mitad ecologista y mitad hippie que se limitaba a dejarse llevar por la música y la marihuana, sin más oficio ni beneficio. Por encima del resto del mundo, creciendo y viviendo una vida banal y exenta de ideales y compromisos. Pero respeté su decisión o, quizá fue la excusa perfecta para no verme interferido en mi deseado futuro.

Me senté en la barra y pedí un vaso de vino blanco Balaz, que acompa-ñaron de un trozo de queso y unas lonchas de jamón. Saqué el móvil de la mochila y busqué en la agenda su número. Habían pasado cuatro años desde la última vez que hablamos y se me vino a la mente algo que dicen que dijo Einstein: “Hay dos cosas infinitas: El Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro.” Y tenía razón.

Había demostrado durante todos esos años una estupidez mucho más monumental y desmedida que la de mi hijo. Marqué su número. Media hora después, dejaba atrás Mikulov y me dirigía cómodamente sentado a los man-dos del climatizado BMW, hacia uno de los hoteles de Brno, donde se hospe-daba toda la tropa de músicos, técnicos de sonido y luces, electricistas, con-ductores y managers que conformaban aquel circo que iba dando tumbos por medio mundo, acarreando instrumentos, escenarios, focos, altavoces, mesas de sonido y mezclas y todo el material necesario para que varios miles de per-sonas, chillasen y coreasen sus canciones. Un pandemónium de idiomas, credos, razas y culturas, que jamás pude entender cómo conseguían ponerse de acuerdo para realizar medianamente bien su supuesto espectáculo.

Si mi trabajo estaba absolutamente planificado paso a paso hasta el más mínimo detalle y así había sido desde el primer proyecto que realicé, del mismo modo, las labores de mi abuelo en su parcela estaban asimismo perfectamente delimitadas por la costumbre, por el saber hacer y por las estaciones, diferen-ciando entre la roturación del terreno a golpe de azada; la recolocación y reparación de las cepas; la vigilancia de la brotación; el anhelo de la floración; el momento del cuajado de las bayas; y por fin, el deseado envero, seguido de la maduración de los viñedos, entre otras labores a realizar para conseguir ese cuidado y mimo que las cepas agradecían algo más tarde, con apelmazados racimos henchidos de uvas pálava.

Todo aquel laboreo y prácticas que se sabían y transmitían generación tras generación, como modelo del arte agrícola en los viñedos, se fueron de-gradando y desapareciendo con técnicas y maquinaria moderna, que facilitaba el trabajo a los vendimiadores acabado ya el verano y, hoy en día, cualquier parecido con aquellas artes es pura fantasía.

Con aquel cúmulo de pensamientos y recuerdos mientras conducía, los 44 kilómetros se los comió el coche en escasos veinte minutos y, al bajarme de él frente al hotel, sentí un nudo en las tripas por lo que iba a suceder en esca-sos instantes. Ese hijo al que casi no podría reconocer por la separación de muchos años, tácitamente asumida por ambos, me esperaba en la terraza de la piscina para comunicarle la muerte de su bisabuelo, al que, obviamente, ni lle-gó a conocer.

-¿Marik?..., hola, ¿eres tú, verdad?..., ¿me puedo sentar?...

No hubo abrazo. No hubo apretón de manos. Ni siquiera se puso en pie para recibirme, ni casi levantó su mirada de la joven mujer que atravesaba la piscina a nado. No se lo reprocho. El que siembra tormentas, cosecha tempes-tades.

-¿Qué quieres de mí? ¿A qué has venido? En media hora tengo ensayo para el concierto de esta noche, así que di lo que hayas venido a decir y vete a donde tengas que irte.

-Tu bisabuelo Milko ha muerto esta mañana. Sé que no lo conocías, pues jamás demostraste interés ninguno por conocer a tu familia morava, pero he venido a pedirte algo. Quiero que mañana me acompañes, necesito ense-ñarte una cosa.

-¿Y por qué demonios no lo has traído ahora? Nos evitaríamos la cita de mañana que propones… ¿O es que ordenas? Porque ya sabes que yo no obe-dezco órdenes tuyas ni de nadie.

-Es imposible transportarlo. Tienes que ir tú a verlo y pisarlo. A sentirlo y olerlo, a tocarlo y recorrerlo… Y no lo ordeno. Te lo estoy pidiendo, solamente. Y me gustaría que me lo concedieses. Después no te molestaré más. Puedes estar seguro.

-Recógeme a las doce de la mañana y a la una quiero estar de vuelta, ¿entendido?

-Perfectamente.

-Así pues, hasta mañana ya no tenemos nada más que decirnos.

Después de casi veinte años sin vernos, la serenidad y autocompla-cencia que me impone la edad, me indujeron a esbozar una forzada y tibia sonrisa con la que me despedí de mi único hijo. En el fondo pero no en la forma, lo que él me hacía padecer con su actitud era una repetición de lo que yo le hice soportar a mi abuelo, cuando me marché casi cuarenta años atrás. La estupidez humana nos hace repetir la misma historia una y otra vez, y la soberbia y la arrogancia no nos permiten bajarnos del burro, quedando así claramente diferenciados los dos niveles de burricie de la estampa.

Recogí a Marik a las doce en punto y dirigí el coche de regreso hacia Mikulov. Mi intención consistía en enseñarle la tierra, que anduviese entre las cepas, que recorriese los carriles de un extremo a otro y subiese y bajase las suaves lomas, que se empapase de los olores y que la luz iluminase sus largos cabellos rubios y el viento le hiciera volar. Creo que no lo conseguí.

-¿Me has traído a un campo para ver qué? ¿Un montón de plantas viejas?

-Te he traído a tu campo. Este terreno es tuyo. Tu bisabuelo me lo dejó a mí, y yo ya he hablado con mis abogados para que lo escrituren a tu nombre. Ahora tú eres el propietario. Eres el nuevo dueño del pago, del lagar y de la bodega centenaria de la familia. Entra por favor en el coche, quiero enseñarte otra cosa.

Nos dirigimos a la calle en la que mi abuelo tenía su casa, en un edificio con casi dos siglos a sus espaldas. Tres plantas y sótano. Y junto a ella, de seguido, su querida bodega. Para evitar que me dijese con alguna de sus impertinencias que se estaba aburriendo y que en absoluto le interesaba cual-quier cosa que yo pudiera mostrarle, durante el trayecto hasta la bodega, como si fuese algo normal entre los dos, algo repetido una y otra vez, y a lo que es-taría acostumbrado por mí desde pequeño, como cualquier padre cuando enseña a su hijo las cosas que sabe y el pequeño desconoce aún, le narré, intentando no parecer ni profesor ni erudito, para qué sirve tener unas hectá-reas de cascajos con unas cientos de cepas plantadas de uvas pálava.

-Sabes, una vez recolectadas las uvas, se pisan y se prensan, y el resul-tado se deja fermentar durante algún tiempo. De ello surgen los mostos, que los expertos catadores separan y clasifican siguiendo tradiciones que se re-montan siglos atrás. Una vez separados, se introducen en barricas de madera de roble. Y comienza el secreto de la magia del vino. En esos toneles se pro-duce una crianza oxidativa y, si los dejas al menos dos años, obtienes un vino blanco extraordinario.

Él se mantuvo callado. No preguntó nada, pero al menos me dio la impresión que algo de curiosidad si le provoqué con aquella excursión rústica a la que le había pedido que me acompañase. O eso quise pensar.

Detuve el coche delante de la puerta de madera que daba acceso a la bodega. Sobre ella, pintada en un verde intenso el apellido de mi familia detrás de la palabra Bodega. Y noté cierto grado de sorpresa, ¿o fue de orgullo?, no podría precisarlo, en Marik, cuando vio su apellido rotulado en aquella fachada. Entramos y el olor, aquel conjunto de intensos y mezclados aromas a uvas y vinos, en perfecta armonía con maderas y ladrillos centenarios enmohecidos, consiguieron lo que yo jamás pude obtener, porque sencillamente, no le presté la atención que merecía. Ni Marik, ni mis edificios de cemento, acero y cristal, ni la vida que había llevado hasta ese momento, me produjeron nunca las sen-saciones que en esos instantes sentí. Y sé que Marik también lo percibió, por-que tras dos pasos, ya en el interior de la bodega del abuelo Milko, nuestra bodega se desnudaba ante nuestros ojos con sus claroscuros, sus recodos iluminados por unos parcos puntos de luz; sus andanas de barricas más viejas aún que mi abuelo, apiladas unas sobre otras a dos alturas; las pequeñas es-caleras talladas en la piedra que te llevaban hacia sus lóbregas profundidades; sus paredes arqueadas de ladrillos rojos apelmazados unos sobre otros hasta formar arcos deformes, para dar aquella penumbra necesaria para el sueño de los mostos, el largo y deseado sueño plácido, tranquilo y quieto, que convertía aquellos jugos frutales en vino excelso.

Me mantuve en silencio. Marik también. No sé cuánto tiempo permane-cimos uno junto al otro allí de pie. El reloj se detuvo para ambos, contagiándo-nos la serena calma de aquel espacio subterráneo y profundo que ninguno quisimos perturbar. Creo que, como su bisabuelo Milko, Marik quedó desde aquel momento…, cautivo de su propia herencia.

Ocho años más tarde, durante la inauguración en Singapur de la torre rascacielos “Marik”, mi último y definitivo proyecto arquitectónico, el orgullo y satisfacción que sentí ese día al final de mi carrera profesional llegó, cuando todos los asistentes al evento brindaron con un vino blanco de Mikulov, en cuya etiqueta destacaban en grandes letras verdes dos M mayúsculas y, debajo, su significado: “Milko y Marik”.

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