‘Acunado por las nubes’, un romántico paseo por Chequia

‘Acunado por las nubes’ es el relato con el que Joaquín del Palacio participó en el Concurso Literario convocado por la Oficina de Turismo de la República Checa. El autor nos hace cómplices de una historia de amor que podría tener un desenlace feliz (o no).  Para saberlo tendrás que leerla…

Por: Joaquín del Palacio

Publicado: Octubre 12, 2020

Su aspecto físico era deslumbrante, con su melena áurea ensortijada y unos impresionantes ojazos verdes cautivaba todas las miradas. Elegante y atractiva, la calle era su pasarela. No caminaba, desfilaba; a su paso giraban la cabeza hasta las mascotas. Sin embargo, lo que más me atraía de Vilkry era su peculiar manera de pensar, su inteligencia y su carisma; su mirada magnética y enigmática. A veces parecía un poco extraña porque tenía unas ocurrencias loquísimas y geniales. Sin duda, por esa mujer cruzaría el Atlántico a nado.

Nos conocimos hace unas semanas mientras visitábamos una exposición del fotógrafo checo Josef Sudek. Ambos nos quedamos clavados frente a una imagen con una luz preciosa que nos cautivó y terminamos comentándola entrambos durante tanto tiempo que nos invitaron a salir porque ya cerraban. Continuamos en un bar. Desde aquella primera nuestras conversaciones han sido muchas y muy buenas, la mayoría, entre las más originales y sustanciosas de mi vida.

A los pocos días, cenando en una terraza de un hotel del centro, mientras divisábamos el atardecer sobre los tejados de Madrid, me habló de su pasión por recorrer el mundo. Ahí no supe que comentar, apenas había salido de España dos o tres veces y aunque siempre me ha apasionado viajar, no acumulo apenas experiencia. Me confesó que quería hacer un viaje por el centro de Europa, recorrer un país durante un mes planeándolo sobre la marcha. Según surgiese. Ese era su deseo secreto y le rondaba la mente desde hacía meses, no me contó más, solamente me reveló que era inminente.

Sin saber cuál sería su destino le propuse acompañarla pero me dijo que era un sueño personal y, además, era muy precipitado compartir un viaje tan largo y tan especial conmigo. Lo había proyectado para ella y así lo iba a llevar a cabo y que, como mucho, me enviaría mensajes, fotos y comentarios de los lugares que fuese visitando. Acepté y decidí animarla a que lo cumpliese, no me quedaba otra… ¿O tal vez sí?

Me resistí a renunciar, soy muy cabezota. Y además se me había ocurrido una idea, pensaba en algo bonito… Al menos conseguí sonsacarle el destino del avión, bueno, realmente no me lo dijo pero me dejó ver su billete y vi que ponía PRG.

Sin pensarlo ni un minuto…

Decidí que yo también iría, por mi cuenta, a la República Checa. Y ya veremos qué pasa. Busqué información como un loco por Internet, día y noche. Tuve suerte. Estaba pasando unos días con mis padres, que viven cerca de Elche, y encontré vuelos directos de Alicante a Pardubice, ubicada en el corazón del país. Un sitio estratégico y bien comunicado. Más tarde pensé que iba a ser una locura y que me sería imposible encontrarla, todo dependía de que me informase de los destinos de su ruta pero, ¿y si no lo hacía? Ella es muy independiente y lo mismo no me contaba nada o Dios sabe qué mensajes pensaba enviarme. Tal vez fracasaría.

Estuve a punto de renunciar. Era una locura pero esta hazaña, saliera como saliese, merecería la pena. Seguro. Aunque todavía nada sabía ya soñaba con Chequia, así que empecé a recabar información: un país muy seguro, fácil de recorrer, mucho que ver… Me di cuenta de que era un destino espectacular y que, en sí misma, esta aventura tenía muy buena pinta y que disfrutaría de un viaje de ensueño.

Vilkry ya había partido hacía tres días pero aún no tenía noticias suyas, ni siquiera un “he llegado bien”. Supuse que estaría enfrascada en su deseo. Y yo, como siempre, memo perdido tenía mi billete ya comprado para volar dentro de dos días. Uf, vaya idiotez que se me había ocurrido, menos mal que chapurreo un poco el inglés y con la información que buscase a través del móvil podría defenderme por allí, digo yo. Para tener más seguridad al llegar había reservado ya la primera noche en un encantador hotel.

Ya llevaba un día en Chequia

Y había estado paseando por Pardubice, que por cierto me encantó, y también alquilé un coche, pues era parte de mi plan, aunque aquí tuve mis dudas porque estuve a punto de coger una autocaravana que me habría dado más autonomía pero finalmente desistí al ver que sería más complicado yendo yo solo. Como no había recibido aún ningún mensaje de ella decidí pasar al plan b: primero conocer los alrededores y luego recorrer la República Checa por mi cuenta. No había ningún problema, por lo visto había muchísimos sitios interesantes y encima estaba todo muy cerca.

Busqué en la web de Turismo de Chequia lugares interesantes y vi que a escasos 30 kilómetros de Pardubice se encuentra Kladruby nad Labem, catalogado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, el lugar donde se crían y doman los kladruber, los famosos caballos de tiro que utilizaban en las ceremonias de la corte imperial de los Habsburgo. Uno de mis animales preferidos. Y después muy cerca también Kutná Hora, una población repleta de joyas que también forman parte del Patrimonio de la Humanidad. Vaya, qué casualidad, entre ambos lugares se sitúa Kolín, la ciudad en la que nació Josef Sudek. ¿Existirán realmente las casualidades o será el destino?.

Al regresar por la noche al hotel…

Y conectarme al wifi, por fin vi que me había enviado una foto preciosa de un balneario checo. Por más que la cotejé con las búsquedas no identifiqué si se trataba de Karlovy Vary, Marianske Lazne o Frantiskovy Lazne, el Triángulo de Balnearios en el oeste de Chequia. Seguro que se había pasado una semana allí, confinada, disfrutando. Relajándose. Desconectada… ¡hasta del móvil! Y yo como un lelo esperando algún mensaje. !Ya me vale! Era ya muy tarde para andar bajando a la recepción y que me descifrase el enigma de la fotografía. Mañana en el desayuno hablaría con alguien que me concretase a cuál de las tres ciudades balneario pertenecía la imagen y así reorganizar mi ruta.

El recepcionista me confirmó que era Karlovy Vary y hasta me contó la preciosa leyenda del descubrimiento de sus aguas curativas por parte del emperador Carlos IV. Muy amablemente me recomendó la visita a la factoría del mejor Cristal de Bohemia que se hace a mano allí mismo, en la fábrica Moser. "Ah, y si decide visitarlo déjese libre al menos un día", me dijo, "porque tampoco debería perderse Loket, un encantador pueblo medieval y, por supuesto, su castillo. Es de película." Se lo agradecí. Hice la maleta y partí.

Todo iba sobre ruedas, excepto por una cosa… ¿Seguiría Vilkry allí? De todos modos, yo me estaba aproximando a la zona, me encaminaba a Pilsen para acercarme a ella. Espero que no le haya dado por irse al otro extremo del país. Y, aunque me arriesgaba a que no me contestase durante una semana, le envié un mensaje. En él le preguntaba que si sabía que la mejor cerveza la elaboran en Pilsen, ya que sé que le encanta tomarse una birrita refrescante. Le comenté que había visto por Internet que se realizan visitas guiadas por la fábrica y que terminan con una cata. También le pedí que me mandase un selfie con las “dos rubias”: ella y la caña. A ver si con un poco de suerte me decía que era una buena idea, jeje.

Al día siguiente madrugué y me acerqué al Parque Nacional de Sumava para disfrutar de la naturaleza en estado puro. Seguro que era más fácil encontrarme por aquellos bosques con un lince, que los hay, que localizar a Vilkry. Tras pasar todo el día haciendo senderismo y una fantástica actividad de rafting que nunca olvidaré, me alojé en Holasovice, una encantadora aldea anclada en el pasado. Vaya maravilla de pueblito, me fascinó. Y qué paseo me di al atardecer disfrutando del cambio de luz. Me habría quedado allí, al menos, una semana.

Ahora a ver a qué pueblo va

Esta vez fue rápida en responder. Qué bien. Algo empezaba a funcionar. Y sí, llegó su selfie, pero como era de esperar, la caña ya se la había tomado anteayer. Y encima me dijo que cómo podía pensarme que, en el país de la cerveza más rica, no se iba a tomar una o, incluso, dos en la fábrica de Pilsen. Me comentó que había pernoctado en Cesky Krumlov y que le encantó. Lo recorrió después de cenar y fue un momento mágico. ¡No es para menos, por algo es Patrimonio de la Humanidad! No había más que ver la foto, era tan alucinante que le dije que si me dejaba ponerla de fondo en el móvil. Me dijo que sí, que era un regalito.

Parecía que ahora ya estábamos conectados. Y además sabía que estaba cerca. Solamente tenía que tratar de enterarme de su próximo destino para adelantarme pero… ¡con tanto para ver, no lo sabía ni ella! Seguramente se dirigiría a Telc y a Trebic, que también pertenecen a la lista de la UNESCO, y caen bastante cerca.

Sumido en este viaje, improvisando constantemente, no me había percatado de que ya estábamos en agosto. Esta fue una pista crucial. Sabiendo que quedaban pocos días para el Gran Premio de Motociclismo de Brno, que se celebra el primer fin de semana de agosto, me di cuenta de que iría fijo porque una motera como ella no se pierde ver en vivo a sus ídolos, y más, estando tan cerca. Por eso yo compré mi entrada online y me organicé para estar dos días después, en la capital checa del motor, el viernes, el día que empiezan los entrenamientos.

Disfruté mucho en Brno, de sus buenos restaurantes y de la Villa Tugendhat y sus jardines, una casa modernista de 1929. ¡Y el domingo, a las carreras! Aunque fuese muy difícil tendría la oportunidad de sorprenderla ahí, espero que haya suerte.

En las carreras…

Había tanta gente que, aunque me pareció verla de lejos, finalmente me fue imposible localizarla. Después de estar todo el día en el circuito, tras comer me fui a Olomouc para ver la Columna de la Santísima Trinidad, no existe otra igual. Luego busqué un buen sitio para cenar buscando en la Guía de Maurer Grand Restaurant que me habían recomendado porque recoge los mejores restaurantes checos.

Cenando me volví a conectar y vi, que tras tiempo sin subir nada a Facebook, acababa de colgar unas fotos de las carreras y una en la que cabalgaba sobre una preciosa Harley por una carretera de las montañas del norte, entrando en un parque nacional de nombre impronunciable: Krkonose. Además escribió que quería subir a la cumbre checa más alta, ya que es muy accesible: el monte Snezka. Vaya, qué lejos. Me quedaban ya pocos días para retornar. Se me complicaba la situación. Tenía que pensar algo y tenía que ser rápido. Pero esa noche el que no contestó al mensaje fui yo.

¡De camino al norte!

Tras desayunar, y con la moral un poco baja, hice el check out. Aproveché para preguntarle a la recepcionista si conocía el norte checo. “Claro, es mi zona preferida de vacaciones, en un par de meses iré por allí”. Me habló del Paraíso Checo, un laberinto de piedra sacado de un cuento de hadas; del Parque Nacional de Suiza de Bohemia, con la impresionante puerta de Pravcice, y me mostró una foto. Con lo que me gusta la naturaleza, pensé. Y también me recomendó el hotel Jested, su preferido. Un alojamiento único. Aunque me dijo con un gesto de pena: “Para alojarse aquí sería mejor ir acompañado”. Me confesó, que tenía algunos de sus mejores recuerdos asociados a él.

Hoy tocaba una larga jornada de coche de 240 km hasta Liberec. De camino al norte paré en el castillo renacentista de Litomysl. Y se me hizo la hora de comer. Luego pasé cerca de Pardubice, ciudad a la que regresaría en cuatro días para tomar el avión de vuelta.

Entre pitos y flautas llegué a Liberec con la Luna cuasiplena, el Sol sin ocultarse aún y el hotel brillando, culminando el pico más alto. Qué magia, pensé. Pero inmediatamente dije en voz alta, casi gritando, aunque iba solo en el coche: ¡Pasado mañana habrá luna llena!

¡Un observatorio de atardeceres! Eso fue lo que le escribí por Whatsapp: “Muy cerca de donde estás, en Liberec, existe un hotel muy peculiar en lo alto del pico Jested y que se divisa brillante desde la distancia, una maravilla de la arquitectura. Un fantástico mirador para contemplar el atardecer por el oeste y al poco, por el este, ver salir la luna llena, una imagen que nunca se te olvidará. Y además se duerme acunado por las nubes. ¡No te lo pierdas!" También le conté las maravillas que sobre los alrededores me había contado la recepcionista. Sabía que eso le atraería y que si quería ir podría porque aún le restaban dos semanas de aventura checa. Crucé los dedos. Al menos esto yo sí lo iba a disfrutar como un loco.

Sería el remate a un magnífico y a la vez extraño viaje que nunca olvidaré y que, por otro lado, si no lograba verla no sabría cómo se lo iba a decir en el futuro, porque habría hecho el ridículo; tal vez, ese sería mi secreto hasta la tumba.

De nuevo tardaba en contestar. Pero como ya no estaba en mis manos no me preocupé y realicé una aventura sensacional: una ruta en bicicleta por la orilla del río Elba y después escalé la espectacular vía ferrata de 90 metros de Decin.

¡Rayos y truenos!

Llegó el esperado día de la luna llena. Sin embargo, había previsión de mal tiempo, qué pena. Recibí un mensaje desalentador: no sabía si podría ver la Luna llena como le aconsejé pues pronosticaban tormentas y era peligroso porque iba en moto.

Después de comer, el cielo se fue cubriendo de nubes negras que se aproximaban desde el horizonte. La verdad es que era precioso divisarlo desde aquella atalaya. Vaya espectáculo. Ni siquiera me apetecía salir del hotel. Dónde iba a estar mejor que allí. Al poco rato daba miedo ver los rayos y escuchar los ensordecedores truenos. Cayó un tormentón.

Pero tras la tempestad llegó la calma y el cielo se empezó a despejar. Aunque antes de escampar salí para pasear un rato bajo la lluvia. Tomé el paraguas, bajé y al pasar junto a la recepción, miré y allí estaba Vilkry. Increíble. Encharcada como si acabase de salir de una piscina pero vestida, haciendo el check in y reservando una mesa para la cena. ¡No podía creerlo, por fin la encontré! Ni ella se percató de mi presencia ni yo quise decirle nada en aquel momento, preferí esperar a que se instalase, se arreglase y bajase a cenar.

Bajé antes al restaurante y coloqué mi móvil sobre el bajoplato, en la única mesa que ponía reservado, con su foto de Cesky Krumlov a la vista.

Al poco llegó, caminando con su garbo característico, y se sentó pero al ver el teléfono con su propia foto se quedó inmóvil. Seguro que no entendía nada. Permaneció atónita durante unos segundos. Desconcertada, miró alrededor buscando respuesta con la mirada pero no me vio y volvió a clavar sus ojos en el móvil.

Al momento me acerqué por detrás y le dije: Buenas noches Vilkry, ¿qué tal va tu viaje por Chequia?

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